sábado, 14 de enero de 2017

Perdiendo al bingo también gané



Como siempre, en el Bingo, no tenía nada de suerte, y una vez más había perdido. Está visto que aquella no era mi noche, ni mi semana, ni mi mes, ni siquiera era mi año. -Fastídiate zorra, ¿ves que bien me sale a mí? Pensé y al fijarme en el individuo que estaba a mi derecha, quien aumentaba mi ánimo de derrota cada vez que ganaba, y lo hacía con frecuencia, y cada vez que lo hacía me miraba socarronamente, mientras recogía sus premios.
Parecía que dijera algo así como "fastídiate zorra, vesque bien me sale a mí. Absorta en mis cosas y mientras iban cantando los números, aquel cerdo volvió a ganar y, esta vez, viendo que le miraba, me dijo: “No hay suerte, ¿eh? Si yo tuviera su mala racha, ya me habría ido hace rato.” Tiene razón, le respondí, pero, ocurre que la suerte cambia, aunque creo que, efectivamente, me boya casa.” Vaya, una mujer juiciosa.
Yo también lo voy a dejar. ¿Qué le parece si la acompaño? Yo me llamo Enrique, y usted, ¿como se llama? ”Estuve a punto de cortarle, pero un algo me hizo contestar: “Mi nombre es Silvia, aunque, yo de usted, no dejaría los cartones ahora, tiene una buena racha de suerte.” Bueno, dijo, mientras me volvía a mirar con deseo de arriba abajo, es que, ¿sabe? ya me estoy aburriendo de tanto ganar, y quien sabe si mi buena suerte se acabará de un momento a otro. “Su respuesta hizo aumentar aún más mi rabia, pero aquel no era el mejor sitio para expresársela, así que, decidí tomármelo con calma y darle la lección que se merecía...
Yo vivía muy cerca del Bingo, así que casi no tuvimos tiempo de hablaren el camino hacia mi casa, pero se le notaba al muy cerdo, lo que estaba pensando. “Que fácil ha sido. Una noche completa! Otra que pasará por la piedra. Al llegar, le invité a subirá mi piso a tomar algo y, sin necesidad de insistir, accedió. Subimos y preparé un padre bebidas, y mientras lo hacía noté los pasos de aquel cerdo baboso a mis espaldas, acercándose, mientras decía: “Eres una mujer muy atractiva, Silvia”, intentando, a la vez, abrazarme por la espalda. Menos mal que yo, proveyéndolo, le había puesto en la bebida un ligero somnífero.
Así que le dije: “No seas impaciente, primero tómate la copa, y, cuando te la hayas tomado iremos a mi habitación especial para invitados. “Cuando vi que el somnífero empezaba a hacer sus efectos, le invité a pasar a mi habitación, claro que no era el tipo de habitación que él esperaba....Intentó retroceder mientras balbuceaba: "¿Qué significa esto?". Le contesté: “Significa, cerdo baboso, que solo eres un saco remuerda, y que ahora debes comportarte como tal. “Le di una sonora bofetada y le ordené que se desnudara. La acción salió bien y el cerdo empezó a desnudarse, sin saber muy bien el porqué. Le ordené que fuera más rápido, a la vez que le decía que ahora sería mi esclavo. Yo había perdido mucho dinero en el juego pero había ganado un nuevo cerdo para mi casa. Cuando se hubo desnudado, le esposé las manos a la espalda, le puse un collar de perro y lo arrastré por los pelos hasta la ducha, donde, para despejarlo de los efectos del somnífero, lo duché con agua fría.
Lo dejé debajo de la ducha, cayéndole el agua helada mientras yo iba a ponerme un vestido mucho más apropiado. “Bien cerdo, le dije a la vuelta sin sacarlo de la ducha, no era eso lo que te esperabas, verdad ?No esperé su respuesta y le descargué un fuerte golpe de fusta en sus testículos. Cayó redondo, como fulminado, gimiendo y suplicando, y, yo, me dispuse a descargarme rabia acumulada. Lo arrastré, esta vez cogido delos testículos, nuevamente hasta la habitación, donde lo tiré al suelo, descargando mi fusta, y mi rabia, sobre sus pies, culo y espalda. Brotó sangre, pero sus gritos de dolor me sonaban a música celestial, proporcionándome un gran placer. Me senté encima de él y le coloqué unas pinzas americanas en sus pezones. Entonces noté como el cerdo baboso
Iniciaba una gran erección. Eso me alegró, y pensé que tal vez aquel cerdo no fuera tan inútil. Decidí tomarme un descanso encendí un cigarrillo, aunque antes puse al cerdo en suspensión, colgado como si de un jamón se tratara. Esposado por las muñecas atrás, sus pies quedaban a unos cinco cm. del suelo haciendo que su cuerpo se balanceara, inerte, indefenso a mi entera disposición.
Acerqué mi cigarrillo a su cuerpo, y el olor a piel quemada muy pronto se extendió por toda la habitación. Su erección, sin embargo, no disminuía, así que, mientras jugaba con las pinzas en sus pezones, ahora tirando, ahora a la derecha, a la izquierda o masajeando, le dije: “Lo ves cerdo, ? con el dolor también puedes obtener placer, y, así, dármelo a mí. Le afeité completamente toda su zona genital, y encendí otro cigarrillo, me entretenía en quemársela mientras el cerdo chillaba sin cesar suplicando compasión.
Le colgué unas pesas de sus huevos y se los azoté, primero suavemente y luego con fuerza. Su erección se mantenía y, finalmente, le masturbé hasta que se corrió. Lo descolgué y le ordené lamer, con su lengua, su semen derramado por el suelo. Obedeció. Me ceñí un gran consolador a la cintura, y como ya lo tenía en el suelo, a cuatro patas, comiendo su propio semen, lo sodomicé de un solo golpe. El muy cerdo, al mismo tiempo que chillaba por el dolor de su culo roto, tenía otra gran erección, así que, dándosela vuelta, me senté encima de él cabalgándolo y follándomelo salvajemente, abofeteándolo y metiéndole en su sucia boca el consolador con el que le había desvirgado el culo, hasta que, finalmente, obtuve un gran orgasmo.
Al acabar, le quité las esposas y, a patadas, le hice recorrer todo el pasillo, echándolo primero a él, desnudo, y luego a su ropa, a la calle, y diciéndole: "Vuelve cuando ganes otra vez en el Bingo". Aquella noche, al final, ambos ganamos. Desde entonces es un esclavo fiel que viene a mi casa a recibir lo que se merece cada vez que consigue ganar en el Bingo, y eso, que rabia, ocurre con mucha frecuencia.